Asalto en la noche - Mario Benedetti



 El año pasado cuando mi búsqueda por hacer cosas nuevas invadía mi mente y me debatía en si hacer más videos de matemática (soy profesor) o dibujar (le aplico a todo), recordé que hacía unos cuantos años había leído a Mario Benedetti, lo que apaciguó esa búsqueda. Me gustaba mucho su forma sencilla de escribir y que a su vez fuese capaz de expresar tanto, así que decidí revisitar algunos de sus relatos. En la casa a principio de año no contábamos con tantos libros físicos, ya que leíamos sobre todo en la Kindle, pero entre esos pocos tesoros estaba "Buzón de tiempo" publicado en 1999.
Busqué algún cuento que no hubiese leído y llegué a "Asalto en la noche". Disfruté mucho la lectura, esa comicidad en los diálogos me pareció sublime y me dije "sería chistoso leerlo en voz alta". Era lo que buscaba. Era algo que no había hecho, por lo que me decidí a leer cuentos y subirlos a las redes. Evidentemente sin ninguna fe, pero aquí seguimos. 
Desde este primer relato leído ha pasado mucho; cambio de micrófono, de computador, estudio del programa con el que grabo, aumento considerable en la cantidad de libros, etc. Podrán notar la diferencia entre el audio de este cuento y el de la entrada anterior, que es el último. Evidentemente el aprendizaje ha ido en subida, desde las pausas, inflexiones de la voz, intencionalidad, etc. Siempre en constante mejora. 
Espero lo disfrutes.

No olvides que arriba del todo están los enlaces para las otras plataformas de audio, como Spotify, Amazon Music, Apple Podcast, Google Podcast, etc. O si quieres, búscame como: "Cuentos de Ojos Amarillos".







Aquí el cuento:

Asalto En la Noche

Doña Valentina Palma de Abreu, 49 años, viuda desde sus 41, se despertó bruscamente a las dos de la madrugada. Le pareció que el ruido venía del living. Sin encender la luz, y así como estaba, en camisón, dejó la cama y caminó con pasos afelpados hacia el ambiente mayor del confortable piso. Entonces sí encendió la luz. Tres metros más allá, de pie y con expresión de desconcierto, estaba un hombre joven, de vaqueros azules y gabardina desabrochada.

—¡Hola! —dijo ella. Debido tal vez a la brevedad del saludo, logró no tartamudear.

—Usted perdone —dijo el intruso—. Me habían informado que usted estaba de viaje. Pensé que no había nadie.

—Ah. ¿Y a qué se debe la visita?

—Tenía la intención de llevarme algunas cositas.

—¿Cómo pudo entrar?

—Por la cocina. No tuve que forzar la cerradura. En estas lides soy bastante habilidoso.

—¿Puedo saber si está armado?

—No me ofenda. Siempre averiguo antes de llevar a cabo una operación. Esta vez no me informé bien, lo reconozco. Pero sólo decido operar cuando estoy seguro de que no voy a encontrar a nadie. Y si es así, ¿para qué necesito armas?

—¿Y qué cositas le habrían interesado? Me imagino que sabrá que a esta hora intempestiva no es fácil largarse con un televisor de 22 pulgadas o un horno microondas, o una porcelana de Lladró.

—¿Tiene todo eso? Enhorabuena. Pero en estas excursiones de medianoche no me dedico a mercaderías de difícil transporte. Prefiero joyas, dinero en efectivo (si es posible, dólares, o en todo caso marcos), alguna antigüedad más bien chiquita, que quepa en un bolsillo de la gabardina. Cosas así, rendidoras, de buen gusto, de escaso riesgo o fáciles de convertir en vil metal.

—¿Desde cuándo se dedica a una profesión tan lucrativa y con tanto futuro?

—Dos años y cuatro meses.

—Qué precisión.

—Lo que pasa es que mi primer procedimiento lo efectué al día siguiente de mi cumpleaños número treinta y cuatro.

—¿Y qué lo impulsó a tomar este rumbo?

—Mire, señora, yo soy casi arquitecto. En realidad, me faltan tres materias y la carpeta final. Pero me estaba muriendo de hambre. Tal vez usted no sepa que aquí el trabajo escasea. Por otra parte, no tengo padres ni tíos que me financien la vida. Ni siquiera padrino. Como dicen en España, estoy más solo que la una. Y ya lo ve, desde que emprendí mis excursiones nocturnas, al menos sobrevivo. Y hasta ahorro. Cuando tenga lo suficiente, creo que me compraré un taxi. Sé de otros dos casi arquitectos y un casi ingeniero que se decidieron por el taxi y les va bien.

—¿Y en ese caso abandonaría estas gangas clandestinas?

—No lo creo. El taxi sería sólo un complemento.

Doña Valentina, viuda de Abreu, entendió que era el momento de sonreír. Y sonrió.
—¿Qué le parece si dejamos para más tarde la elección de las cositas que compondrán su amable pillaje de esta noche, y ahora nos tomamos un trago?

Al hombre le llevó unos minutos acostumbrarse a esta nueva sorpresa, pero al final asintió.
—Está bien. Veo que usted asume con serenidad las situaciones inesperadas.

—¿Qué quería? ¿Que me pusiera a temblar?

—De ninguna manera. Es mucho mejor así.

La dueña de casa se dirigió al barcito de caoba y extrajo dos vasos.
—¿Qué whisky prefiere? ¿Escocés, irlandés o americano?

—Irlandés, por supuesto.

—Yo también. ¿Con o sin hielo?
Una vez servidas las exactas medidas en los largos vasos de cristal azulado, posiblemente de Bohemia, el intruso levantó el suyo.

—Brindemos, señora.

—¿Por qué o por quién?

—Por la comprensión de la alta burguesía nacional.

—¡Salud! Y también por la frustración arquitectónica.

Cuando iban por la segunda copa, doña Valentina midió al hombre con una mirada que tenía un poco de cálculo y otro poco de seducción. Pensó además que era el momento de recuperar su sonrisa. Y la recuperó.

—Ahora dígame una cosa. En su botín de esta noche, ¿no le interesaría incluir mi camisón?

—¿Su camisón?

—Sí. Le advierto que bajo el camisón no tengo nada. Tiene autorización para quitármelo.

—Pero.

—¿Acaso éste es un cuerpo demasiado viejo para usted?

—No, señora, le confieso que usted luce muy bien.

—¿Quiere decir: muy bien para mis años?

—Muy bien, sencillamente.

—Hace ocho años que quedé viuda y desde entonces no me he acostado con nadie. ¿Qué opina de esa abstinencia mi asaltante particular?

—Señora, no necesito decirle que estoy a sus órdenes.

—Por favor, no me digas señora. Y tutéame.

—¿Te quito el camisón?

Ante el gesto aprobatorio de la mujer, y antes de dedicarse al camisón de marras, el buen hombre se quitó la gabardina, los vaqueros y el resto de su ropa, modesta pero limpia. A esa altura, ella había decidido no aguardar la iniciativa del otro y lo esperaba desnuda.

En la cama doble, el asaltante probó que no sólo era experto en rapiñas nocturnas, sino también en otros quehaceres de la noche. Por su parte, doña Valentina, a pesar de su prolongado ayuno de viuda, demostró a su vez que no había perdido su memoria erótica. Igual que con el whisky, también con el sexo repitieron el brindis. Al final, ella lo besó con franca delectación, pero a continuación vino el anuncio.

—Ahora vamos a lo concreto, ¿no te parece? Tenés que irte antes de que amanezca. Por razones obvias, que se llaman portero, proveedores, etcétera. Vamos, vestite. Y después veremos qué cositas podés llevarte.
Mientras él se vestía, y a pesar de su oferta anterior, ella volvió a ponerse el camisón.
Luego abrió las puertas de un placard, que en el fondo tenía un cofre. De éste fue extrayendo paquetitos de dólares y otras menudencias.

—¿Qué tal? ¿Hay algo que quisieras llevarte?

Sobre una mesita de roble fue depositando joyas de oro, brillantes, esmeraldas. También un reloj suizo («era de mi marido, es un Rolex legítimo»), una petaca de marfil y otras chucherías de lujo.

—También está este revólver de colección. Dicen que perteneció a un coronel nazi. ¿Te interesa?

Cuando el hombre, que había estado examinando las joyas, levantó la vista, ella oprimió el gatillo. El disparo alcanzó al tipo en la cabeza. Se derrumbó junto a la cama doble. Ella recogió todo el material en exhibición y lo volvió a guardar en el cofre. Todo, menos el revólver.

Luego de comprobar que el hombre estaba muerto, pasó cuidadosamente sobre el cadáver. Por un momento le puso el arma en la mano derecha, sólo para dejar constancia de sus huellas. Luego la recuperó y la dejó sobre la cama. Después fue al baño, se lavó varias veces la cara y las manos. También usó el bidet.

Entonces fue al living, reintegró la botella a su sitio, llevó los largos vasos de cristal azulado a la cocina y allí los lavó, los secó y volvió al living para guardarlos. Luego levantó el tubo del teléfono y discó un número.

—¿Policía? Habla Doña Valentina Palma, viuda de Abreu, domiciliada en la avenida Tal, número Tal y Cual, apartamento 8-B. Les pido por favor que vengan aquí, urgentemente. Un asaltante entró, no sé cómo ni por dónde, en mi casa para robar. Por si eso fuera poco, intentó violarme. Constantemente me amenazaba con un revólver, pero se confió demasiado y de pronto no sé de dónde saqué fuerzas para arrebatarle el arma y sin vacilar le disparé. Tengo la impresión de que acabé con él. En defensa propia, claro. Vengan enseguida, porque la impresión y el susto han sido tremendos y les confieso que estoy a punto de desmayarme.



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